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Aatrox
Titulo: La Espada de los Oscuros
Afiliación: Mal
Residencia: Islassombras (Antes)

Runaterra

Familia: KaynSquare2 Los Oscuros
Atributo Principal: Luchador
Atributo Secundario: Tanque (Ant.)
Rewardicons rp: 975 RP
Rewardicons be: 6300 EA
Campeones Relacionados: KaynSquareTryndamereSquareVarusSquare
Datos del Campeón
Especie: Los Oscuros
Voz Original: Erik Ireland
Doblaje Latino: Emilio Sabini
Doblaje Español: Jorge García Insúa
Color de Ojos: Rojos
Genero: Masculino
Ocupación: Avatar de Guerra

Prototipo Mecha (Skin)

Caza Recompensas (Skin)

Arma: Espada de los Oscuros

Aatrox/Historias Antiguas

los Darkin

Aatrox

Aatrox accent-1

Aatrox, un dios guerrero caído que un día amenazó con Destruir Runaterra, y los de su estirpe se vieron ligados a armas ancestrales y fueron prisioneros durante siglos.

Esa era ha llegado a su fin.

Ahora, envuelto en carne y huesos que no le pertenecen y que ha transformado en una horrenda aproximación de su antiguo aspecto, la Espada de los Oscuros recorre Runaterra en busca de la apocalíptica venganza que tanto anhela.

destruir el mundo.

Aatrox accent-2

Aatrox accent-1

Un ancestral dios guerrero que alguna vez intentó destruir Runaterra, Aatrox y los suyos quedaron atrapados dentro de sus antiguas armas durante siglos.

Esa era llegó a su fin.

Ahora, como distorsión de su forma anterior dentro de un cuerpo robado, la Espada Darkin traerá consigo su terrible y muy esperada venganza:

La destrucción total de Runaterra.

Aatrox accent-2

Biografía

Se han contado muchas historias sobre la Espada de los Oscuros, de si se trata de un demonio o un dios... pero pocos conocen su nombre real y la historia de su declive.

En tiempos antiguos, mucho antes de que las arenas del desierto engulleran el imperio, un poderoso campeón de Shurima se presentó ante el disco solar para convertirse en el avatar del que ahora es un ideal celestial olvidado. Renacido como uno de los Ascendidos, sus alas eran tan doradas como la luz del amanecer, y portaba una armadura que brillaba como una constelación de esperanza de más allá del gran velo.

Se llamaba Aatrox. Se encontraba al frente de cada conflicto que fuera justo. Su conducta era tan recta y noble que otros dioses guerreros se unían bajo su estandarte, además de los diez mil mortales de Shurima que siempre lo acompañaban. Aatrox no dudó cuando Setaka, la reina guerrera Ascendida, lo llamó a armas para sofocar la rebelión de Icathia.

Lo que nadie pudo predecir fue la magnitud de los horrores que desatarían los rebeldes... El Vacío superó con rapidez a los maestros de Icathia e inició una ola de masacres con la intención de exterminar a todo ser viviente.

Tras años de batallas desesperadas, Aatrox y sus hermanos cerraron las grietas más grandes y consiguieron detener el implacable avance del Vacío. Sin embargo, los horrores de la guerra cambiaron para siempre a los Ascendidos supervivientes, que pasaron a autoproclamarse Hijos del Sol. Aunque Shurima había triunfado, todo el mundo había perdido algo... incluso el noble Aatrox.

Con el tiempo, como todos los imperios, Shurima cayó.

Sin una monarquía a la que defender y sin la amenaza del Vacío para poner a prueba sus habilidades, Aatrox y los Hijos del Sol acabaron por enfrentarse entre ellos, lo que al final se convirtió en una guerra por las ruinas de su mundo. Los mortales que huían del conflicto pasaron a conocerlos por un nombre más despectivo: los oscuros.

Los targonianos decidieron intervenir, llevados por el temor de que estos Ascendidos caídos en desgracia resultaran ser una amenaza igual de peligrosa para Runaterra que las incursiones del Vacío. Se dice que el Aspecto del Crepúsculo dio a los mortales el conocimiento para encarcelar a los oscuros, y que el renacido Aspecto de la Guerra convenció a muchos para tornarse contra ellos. Sin conocer el miedo, Aatrox y su ejército estaban listos, aunque descubrieron demasiado tarde que habían sido engañados. Una entidad más poderosa que un millar de soles muertos lo encerró en la espada que había portado a la batalla en incontables ocasiones y ligó su esencia inmortal a ella para siempre.

El arma se convirtió en una prisión que atrapó su consciencia en una oscuridad sofocante y eterna que le negaba incluso la muerte. Durante siglos, intentó liberarse de su prisión infernal... hasta que un mortal desconocido fue lo suficientemente imprudente como para tratar de blandir la hoja de nuevo. Aatrox aprovechó esta oportunidad e impuso su voluntad y su forma original sobre aquel incauto, pero el proceso succionó toda la vida del nuevo cuerpo rápidamente.

En los años posteriores, Aatrox tuvo muchos más huéspedes, todos hombres y mujeres de vitalidad y resistencia excepcionales. Aunque su dominio de este tipo de magia había sido limitado mientras vivía, aprendió a tomar el control de un mortal en un abrir y cerrar de ojos y descubrió que podía alimentarse de sus víctimas durante el combate para crecer en tamaño y poder.

Aatrox viajó mucho tiempo, buscando sin descanso pero con desesperación algún modo de recuperar su forma de Ascendido... pero el enigma de la hoja demostró ser indescifrable y, con el tiempo, se dio cuenta de que jamás se libraría de su prisión. Los cuerpos que robaba y retorcía empezaron a parecerle una burla a su antigua gloria, ya que apenas eran una prisión algo más grande que la espada. La desesperación y el odio invadieron su corazón. Los poderes celestiales que antaño fluyeron por el cuerpo de Aatrox se habían desvanecido del mundo, al igual que todo recuerdo sobre ellos.

Furioso por esta injusticia, llegó a una conclusión que solo podía surgir de la mente desesperada de un prisionero. Ya que no podía destruir la hoja ni ser libre, aceptó entonces el olvido.

Aatrox marcha ahora sin piedad para cumplir su objetivo: llevar la guerra y la muerte adondequiera que vaya. Lo hace aferrándose a una débil y ciega esperanza: si fuera capaz de llevar a toda la creación a una batalla final apocalíptica en la que todo, absolutamente todo, quedara destruido... quizá él y la hoja también dejarían de existir.

Ya sea que la confundan con un demonio o con un dios, son varios los relatos que se cuentan sobre la Espada Darkin... pero pocos conocen su verdadero nombre, o la historia de su caída.

En la antigüedad, mucho antes de que las arenas de los desiertos se tragaran al imperio, un poderoso campeón de Shurima fue presentado frente al Disco Solar para convertirse en el avatar de un ideal celestial ahora olvidado. Reconstruido como uno de los Ascendidos, sus alas eran la luz dorada del amanecer y su armadura brillaba como una constelación de esperanza desde más allá del gran velo.

Su nombre: Aatrox. Estaba en la vanguardia de cada conflicto noble. Su conducta y él mismo eran tan justos que los otros dioses guerreros siempre se reunían a su lado, mientras que diez mil mortales de Shurima marchaban detrás de él. Cuando Setaka, la reina guerrera Ascendida, solicitó su ayuda contra la rebelión de Icathia, Aatrox le respondió sin dudarlo.

Pero nadie predijo la dimensión de los horrores que desatarían los rebeldes; el Vacío rápidamente abrumó a los maestros de Icathia y comenzó la aniquilación de toda la vida que encontró a su paso.

Después de varios años de batallas desesperadas, Aatrox y sus hermanos finalmente detuvieron el perverso avance del Vacío y sellaron las grietas más grandes. Pero los Ascendidos sobrevivientes, los que se autonombraban Nacidos del Sol, habían cambiado para siempre debido a lo que se habían enfrentado. Si bien Shurima había triunfado, todos ellos perdieron algo en esa victoria... incluso el noble Aatrox.

Y con el tiempo, Shurima cayó, tal como deben caer todos los imperios.

Sin un monarca al cual defender, o la amenaza contra la existencia con la que el Vacío los ponía a prueba, Aatrox y los Nacidos del Sol comenzaron a enfrentarse unos con otros, hasta que eso se convirtió en una guerra por las ruinas de su mundo. Los mortales que huían del conflicto los conocieron por un nombre nuevo y despectivo: los darkin.

Temiendo que los Ascendidos derrotados fueran tan peligrosos para la supervivencia de Runaterra como lo habían sido las incursiones del Vacío, los targonianos intervinieron. Se dice que el Aspecto del Crepúsculo les otorgó a los mortales el conocimiento para atrapar a los darkin, y el recién renacido Aspecto de la Guerra unió a varios en su combate contra ellos. Sin temerle jamás a ningún enemigo, Aatrox y sus ejércitos estaban listos, pero se percató demasiado tarde de que habían sido engañados. Una fuerza mayor a la de mil soles muertos lo jaló hacia el interior de la espada que había usado en la batalla en incontables ocasiones, y unió para siempre su esencia inmortal a ella.

El arma era una prisión que encerró a su conciencia en una oscuridad sofocante y eterna, usurpándole incluso su capacidad de morir. Durante siglos, forcejeó contra su confinamiento infernal... hasta que un mortal desconocido fue lo suficientemente tonto como para intentar blandir la espada una vez más. Aatrox aprovechó esta oportunidad e impuso su voluntad y una imitación de su forma original en su portador, un proceso que drenó rápidamente toda la vida del cuerpo nuevo.

En los años siguientes, Aatrox preparó a muchos más huéspedes, hombres y mujeres poseedores de una vitalidad o fortaleza excepcionales. Si bien su entendimiento de ese tipo de magia fue limitado durante su vida, aprendió a tomar el control de un mortal en el intervalo de una sola respiración y, en la batalla, descubrió que podía deleitarse con sus víctimas para hacerse más grande y fuerte que nunca.

Aatrox recorrió la tierra, buscando desesperadamente y sin cesar una manera de regresar a su forma anterior de Ascendido... pero el acertijo de la espada parecía no tener solución, y con el tiempo se dio cuenta de que nunca podría liberarse de ello. La carne que robaba y burdamente moldeaba comenzó a sentirse como una farsa en comparación con su antigua gloria, como si fuera una jaula un poco más grande que la espada. La desesperanza y el odio crecieron en su corazón. Los poderes divinos que Aatrox había encarnado alguna vez habían sido borrados del mundo y de la historia.

Enfurecido contra esta injusticia, optó por una solución que solo podía emerger de la desesperación de un prisionero. Si no podía destruir la espada o liberarse, entonces asumiría el olvido.

Ahora, Aatrox se dirige hacia esta meta despiadada, llevando la guerra y la muerte a donde sea que vaya. Se aferra a una esperanza ciega: si pudiera llevar a toda la creación a una batalla final y apocalíptica, en la que todo, todo lo demás termine destruido, entonces tal vez él y la espada también dejen de existir.

La prisión/La jaula

Oscuridad.

Me infesta el aire que no soy capaz respirar.

Es un vacío en mis pulmones y garganta. Como si hubiera respirado y aguantado cruelmente el aire en el pecho. Abro la boca, pero mi garganta sigue vacía, incapaz de coger aire. La insoportable tensión en el torso, en el pecho.

Mis extremidades y músculos se niegan a moverse. No puedo respirar. Me ahogo. La presión aumenta. La inacción se propaga al pecho y a las extremidades. Quiero gritar, arañarme la cara, lamentarme... pero estoy atrapado. No puedo moverme. No puedo moverme.

Oscuridad.

Debo recordar. Debo recor...

La batalla. Perdí el control. Fui estúpido. Los mortales se unieron contra mí. Cargué contra ellos. Bebí de ellos. La tentación era demasiado grande. Mientras me alimentaba, moldeé su carne para que se pareciera a mi verdadera forma. Desesperado, consumí cada vez más, esperando encontrar el más mínimo eco de lo que fui. Sin embargo, como el fuego, me apagué demasiado rápido, destruyendo hasta la forma de mi huésped.

Oscuridad.

Estaba lloviendo durante el combate. ¿Y si me cubre el barro y la suciedad? ¿Y si permanezco oculto durante milenios? Atrapado en esta prisión. El terror de ese pensamiento no hace más que alimentar mi pánico. La batalla está a punto de concluir. Puedo sentirlo. Debo obligar a mi forma a ponerse en pie. Debo... debo...

No tengo brazos ni piernas. La oscuridad me envuelve, como una crisálida.

No. Quiero levantarme. No puedo ver si lo estoy haciendo. No puedo ver nada, solo oscuridad.

Por favor. Que me encuentre un mortal. Por favor. Suplico sin cesar a la oscuridad, pero mi humillante ruego solo encuentra el silencio.

Pero, de pronto...

Siento la presencia de un mortal cerca. No tengo ojos ni oídos, pero puedo sentir como se acerca. Está huyendo de enemigos. Debería tratar de defenderse. Debería empuñarme.

¿Puede verme? Quizás pase de largo. Me dejaría aquí.

Siento cómo agarra esta forma con la mano… ¡y su consciencia se abre ante mí!

Me interno en él y me impongo. Soy como un náufrago caído al mar que trata de llegar a la superficie abriéndose paso entre compañeros ahogados.

—¡¿Qué está pasando?! —exclama el mortal. Pero sus gritos son silenciados por la eterna oscuridad de la que acabo de escapar.

Tengo ojos.

Puedo ver la lluvia. El lodo. La sangre de esta carnicería. Veo frente a mí a dos agotados caballeros con lanzas. Los destrozo y bebo sus formas para moldear este cuerpo para mis fines.

Son débiles. Debo moverme con rapidez. Debo encontrar a un portador más capaz. Un huésped mejor. Solo veo muertos y moribundos a mi alrededor. Oigo cómo sus almas se alejan de este mundo.

El combate todavía no ha terminado. Se está desarrollando dentro de la ciudad. Fuerzo a mi nueva forma a arrastrarse hacia el fragor de la batalla, hacia un huésped mejor.

Rujo, pero no de triunfo. Nunca de triunfo.

Beberé de esa ciudad, pero solo conseguiré una burla grotesca de mi antigua gloria. Fui moldeado por las estrellas y toda la pureza de mi aspecto. Fui luz y razón hechas carne. Defendí este mundo en las batallas más grandes jamás conocidas. Ahora, sangre y vísceras rezuman de esta carcasa robada en descomposición. Los músculos y huesos luchan, se despedazan y se rebelan contra la abominación en la que me he convertido.

Cojo aire.

—No, Aatrox —digo con voz húmeda y rodeado de muertos—. Seguiremos adelante... y adelante... y adelante...

Hasta que llegue el día del juicio final

Oscuridad.

El aliento que no puedo tomar me molesta.

Es una sensación de vacío en mis pulmones y garganta. Como si me hubiera detenido a la mitad de un respiro y luego hubiera mantenido mis pulmones en una cruel espera. Mi boca abierta, la garganta hueca, incapaz de inhalar aire. Mi pecho, la horrible tensión en mi tórax.

Mis extremidades y músculos se rehúsan a moverse. No puedo respirar. Me estoy ahogando. La presión aumenta. La inmovilidad se expande a mi pecho y extremidades. Quiero gritar, desgarrarme el rostro, llorar... pero estoy atrapado. No puedo moverme. No puedo moverme.

Oscuridad.

Debo recordar. Debo recor...

La batalla. Perdí el control. Fue una estupidez. Los mortales se alinearon en filas contra mí. Los aplasté. Bebí de ellos. La tentación era demasiado grande. Mientras cosechaba, reforjé su carne en una mejor aproximación a mi forma verdadera. Desesperadamente consumí más y más, esperando el eco más breve de lo que alguna vez fui. En cambio, como un incendio, me consumió muy rápido, destruyendo incluso la forma de mi huésped.

Oscuridad.

Estaba lloviendo cuando peleamos. ¿Qué pasaría si el barro y la suciedad me cubrieran? ¿Qué pasaría si permaneciera oculto por miles de años? Atrapado en esta cárcel. El horror de esa idea alimenta mi pánico. La batalla está terminando. Puedo sentirlo. Debo desear mantener mi forma íntegra. Debo... debo...

No tengo brazos ni piernas. La oscuridad me envuelve, como un capullo.

No. Debo mantenerme firme. Pero no puedo saber si está funcionando. No puedo conocer otra cosa que no sea la oscuridad.

Por favor. Que algún mortal me encuentre. Por favor. Le ruego sin cesar a la oscuridad, pero mi humillada súplica solo es respondida con silencio.

Pero entonces...

Percibo a un mortal cerca. No tengo ojos ni orejas, pero puedo sentir su proximidad. Está huyendo de unos adversarios. Intentará defenderse. Él debe tomarme.

¿Me puede ver? Podría pasar de largo. Yo terminaría aquí, abandonado.

Siento que su mano agarra esta forma y... ¡y su conciencia se abre ante mí!

Escarbo dentro de él, arrastrándolo hacia abajo. Soy como un hombre que se está ahogando, arrojado al mar en un naufragio, arrastrándome hacia la superficie agarrándome de mis compañeros.

¡¿Qué está sucediendo?! grita el mortal. Pero es silenciado por la oscuridad, la interminable oscuridad de la que acabo de escapar.

Y ahora tengo ojos.

Puedo ver cómo llueve. El fango. La sangre de este campo de masacre. Frente a mí están parados dos agotados caballeros con lanzas. Los corto y bebo sus formas, recompongo este cuerpo acorde a mis necesidades.

Ellos son débiles. Debo moverme rápidamente. Debo encontrar un mejor portador. Un mejor huésped. A mi alrededor solo están los muertos y los moribundos. Escucho cómo sus almas se retiran de este mundo.

La pelea no ha terminado. Se trasladó al interior de los muros de la ciudad. Obligo a mi nueva forma, cojeando y arrastrándome, hacia los sonidos de la batalla. Hacia un mejor huésped.

Rujo. Pero no en señal de triunfo. Nunca triunfal.

Beberé de esa ciudad, pero solo obtendré una grotesca farsa de mi gloria pasada. Fui formado por las estrellas y la pureza de mi aspecto. Yo era la luz y la razón hecha forma. Defendí este mundo en las batallas más grandes nunca antes vistas. Ahora, la sangre y el icor gotean de esta carne robada mientras se pudre. Los músculos y los huesos luchan, se desgarran y se quejan de la abominación en la que me convertí.

Respiro.

No, Aatrox, digo, mi voz mojada y resonando en los muertos que me rodean. Proseguiremos... hacia delante... siempre adelante...

Hasta que llegue el olvido final.