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Amumu
Titulo: la Momia Triste
Afiliación: Neutral
Lugar de Nacimiento: Shurima
Atributo Principal: Tanque
Atributo Secundario: Mago
Rewardicons rp: 585 RP (Marzo 2017)

260 RP

Datos del Campeón
Especie: Momia, No Muerto (Anteriormente era humano o Yordle)
Voz Original: Cristina Ulloa
Doblaje Latino: Gisela Casillas
Doblaje Español: Inés Blázquez
Color de Pelo: Vendajes Verdes
Color de Ojos: Amarillos
Genero: Masculino
Ocupación: Emperador de Shurima
Arma: Vendaje

1° Historia

Quizá uno de los campeones más raros de la Liga de Leyendas sea el Yordle llamado Amumu. Su vida anterior a la entrada en la Liga es un misterio, en especial para él mismo. Lo único que recuerda es que se despertó solo dentro de una pirámide del Desierto de Shurima. Estaba cubierto con envolturas de momia y no sentía el latido de su corazón. Además, le embargaba una gran tristeza que no llegaba a comprender. Sabía que echaba de menos a sus padres, aunque no recordaba quiénes eran. Se arrodilló en el suelo dejando que sus lágrimas empaparan las vendas. Hiciera lo que hiciera, no conseguía dejar de llorar ni de estar triste. Finalmente se levantó, decidido a viajar por el mundo en busca de su pasado. Recorrió todo el sur de Valoran, hazaña que no se consigue así como así.

Aunque Amumu todavía no ha averiguado gran cosa acerca de su pasado, sí que sabe quién es ahora. Con toda seguridad es un no muerto, pese a que no reúne ninguna de las aberrantes características propias de los seres de su condición. Además parece que sabe mantener los problemas a distancia, pues recorrió el sur de Valoran de parte a parte sin que aconteciera ni un solo incidente desagradable. Sin embargo, siempre estaba triste y la gente y todas las criaturas con las que se cruzaba terminaban compartiendo su melancolía. Por último, decidió partir hacia el norte y atravesar la Gran Barrera para llegar hasta la Academia de la Guerra, sede de la Liga. Su historia despertó gran interés entre los invocadores que allí conoció, por lo que lo invitaron a participar en un juicio de la Liga. El éxito que obtuvo en la Liga como campeón le sirvió para conseguir lo que más deseaba: un hogar. Ahora que por fin ha encauzado su no vida, confía en que los amigos que ha hecho lo ayuden a desentrañar su pasado.

"Si las cosas pintan mal cuando Amumu llora, peores son cuando se enfada". -- Ezreal.

2° Historia

Amumu es un diminuto cadáver reanimado que deambula por el mundo tratando de descubrir su verdadera identidad. Se levantó de una antigua tumba shurimana envuelto en vendajes mortuorios, sin conocimiento de su pasado y consumido por una tristeza incontrolable.

Amumu es un diminuto cadáver ambulante que vaga por el mundo tratando de descubrir su verdadera identidad. Salió de una antigua tumba de Shurima, envuelto en mortajas, sin recordar nada de su pasado y consumido por una incontrolable melancolía.

¡Hacia Shurima!

Amumu es un alma solitaria y melancólica de la vieja Shurima que vaga por el mundo en busca de un amigo. Maldito por un hechizo ancestral, está condenado a permanecer solo para siempre, pues su tacto es muerte y su cariño es la perdición. Aquellos que afirman haberlo visto describen a Amumu como un cadáver viviente pequeño y cubierto de vendajes del color del liquen. Amumu ha suscitado mitos, folclore y leyendas que se han contado una y otra vez durante generaciones, hasta tal punto que ya es imposible separar la realidad de la ficción.

El sufrido pueblo de Shurima coincide en algunas cosas: la brisa sopla siempre hacia el oeste por la mañana; tener la tripa llena en luna nueva es mal augurio; los tesoros enterrados se encuentran siempre bajo las rocas más pesadas. En lo que no se ponen de acuerdo, en cambio, es en la historia de Amumu.

Una de las versiones más frecuentes lo liga a la primera gran familia de gobernantes de Shurima, que sucumbió a una enfermedad que corrompía la carne con espantosa rapidez. El más joven de sus hijos, Amumu, fue encerrado en sus aposentos para pasar la cuarentena, y allí entabló amistad con una joven criada que oía su llanto desde el otro lado de las paredes. La muchacha le llevaba noticias sobre la corte y le contaba historias sobre los poderes mágicos de su abuela.

Una mañana le contó que había fallecido el último hermano vivo que aún conservaba, así que se había convertido en el nuevo emperador de Shurima. Apenada por la soledad del niño en aquellas circunstancias, la muchacha abrió la puerta y entró corriendo para reconfortarlo cara a cara. Amumu la rodeó con los brazos, pero en el mismo instante en que se tocaron, se dio cuenta de que la había condenado al mismo destino atroz que padecía su familia.

Tras la muerte de la muchacha, su abuela lanzó una terrible maldición al joven emperador. Para ella era igual que si Amumu hubiera asesinado a su pariente con sus propias manos. Una vez que la maldición hizo efecto, Amumu quedó atrapado en aquel momento de sufrimiento, como una langosta en meloso ámbar.

Hay otra versión que habla sobre un príncipe heredero distinto, propenso a ataques de petulancia, crueldad y vanidad homicida. En esta versión, Amumu es coronado emperador de Shurima a una edad muy temprana y, convencido de estar bendecido por el sol, obliga a sus súbditos a venerarlo como un dios.

El joven emperador codiciaba el fabuloso Ojo de Angor, una reliquia ancestral sepultada en una cripta dorada que, según se decía, otorgaba vida eterna a quienquiera que pudiera contemplarla sin que se le encogiera el corazón. La buscó durante años con una hueste de esclavos que lo transportaron por laberínticas catacumbas y se dejaron matar en sus trampas para que el emperador pudiera continuar con su búsqueda. Finalmente Amumu llegó hasta un ciclópeo arco dorado, en cuya puerta sellada puso a trabajar a docenas de albañiles.

Al ver que el joven emperador entraba corriendo en la tumba decidido a encontrar el Ojo de Angor, sus esclavos aprovecharon para sellar la puerta de piedra tras él. Algunos dicen que el niño pasó años en la oscuridad y que, llevado a la locura por la soledad, tuvo que cubrirse de la cabeza a los pies con vendas para protegerse la piel de sus propios arañazos. El poder del Ojo prolongó su vida y pudo dedicarse a reflexionar sobre sus pasadas transgresiones, pero este don era una espada de doble filo, ya que Amumu estaba condenado a seguir siempre solo.

Después de que una serie de devastadores terremotos destruyese los cimientos de su tumba, el emperador escapó sin saber cuánto tiempo había pasado, pero decidido a enmendar el mal que había hecho en vida.

Otra versión lo retrata como el primer y único gobernante yordle de Shurima, quien estaba convencido de la bondad innata del corazón humano. Para demostrar a sus detractores que se equivocaban, hizo voto de pobreza hasta encontrar un amigo de verdad, seguro de que su pueblo acudiría presto a ayudar a un compatriota.

Pero aunque miles de shurimanos pasaron junto al andrajoso yordle, ni uno solo se paró para ofrecerle su ayuda. La tristeza de Amumu fue en aumento hasta que, un día, murió con el corazón roto. Pero su muerte no fue el final, pues algunos aseguran que el yordle aún vaga por el desierto en su eterna búsqueda de alguien que pueda devolverle la fe en la humanidad.

A pesar de todas sus diferencias, estas historias tienen una serie de paralelismos. Al margen de las circunstancias, Amumu siempre está condenado a existir en un estado de vacuidad, eternamente solo y sin amigos. Condenado a buscar un compañero durante toda la eternidad, su presencia está maldita y su contacto provoca la muerte. En las largas noches de invierno, cuando no se deja que se apaguen las hogueras, a veces es posible oír el llanto de la Momia Triste en el desierto, desesperada por la falta del solaz de la amistad.

Sea lo que sea lo que necesita Amumu —expiación, amistad o un sencillo acto de bondad—, hay una cosa tan segura como el viento que sopla hacia el oeste al llegar el alba: aún no lo ha encontrado.

"La soledad puede ser más ardua que la muerte". ~ Amumu

Amumu es un alma melancólica y solitaria de la antigua Shurima que vaga por el mundo en busca de un amigo. Maldecido por un antiguo hechizo, está condenado a permanecer solo para siempre, pues su tacto es la muerte y su cariño, la perdición. Quienes afirman haberlo visto, lo describen como un cadáver viviente, bajo de estatura y cubierto de mortajas color liquen. Amumu ha inspirado mitos, folclore y leyendas que se han contado una y otra vez durante generaciones, tanto así que ya es imposible separar la realidad de la ficción.

El sufrido pueblo de Shurima coincide en algunas cosas: la brisa sopla siempre desde el oeste por la mañana; tener la tripa llena en luna nueva es mal augurio; los tesoros enterrados se encuentran siempre bajo las rocas más pesadas. En lo que no se ponen de acuerdo, en cambio, es en la historia de Amumu.

Una de las versiones más frecuentes lo liga a la primera gran familia de gobernantes de Shurima, que sucumbió a una enfermedad que corrompía la carne con espantosa rapidez. El más joven de sus hijos, Amumu, fue encerrado en sus aposentos para pasar la cuarentena, y allí entabló amistad con una joven criada que oía su llanto desde el otro lado de las paredes. La muchacha le llevaba noticias sobre la corte y le contaba historias sobre los poderes mágicos de su abuela.

Una mañana le contó que había fallecido el último hermano vivo que aún conservaba, así que se había convertido en el nuevo emperador de Shurima. Apenada por la soledad del niño en aquellas circunstancias, la muchacha abrió la puerta y entró corriendo para reconfortarlo cara a cara. Amumu la rodeó con los brazos, pero en el mismo instante en que se tocaban, se dio cuenta de que la había condenado al mismo destino atroz que padecía su familia.

Tras la muerte de la muchacha, su abuela lanzó una terrible maldición al joven emperador. Para ella, era igual que si Amumu hubiera asesinado a su pariente con sus propias manos. Una vez que la maldición hizo efecto, Amumu quedó atrapado en aquel momento de sufrimiento, como una langosta en meloso ámbar.

Hay otra versión que habla sobre un príncipe heredero distinto, propenso a ataques de petulancia, crueldad y vanidad homicida. En esta versión, Amumu es coronado emperador de Shurima a una edad muy temprana y, convencido de estar bendecido por el sol, obliga a sus súbditos a venerarlo como a un dios.

El joven emperador codiciaba el fabuloso Ojo de Angor, una reliquia ancestral sepultada en una cripta dorada que, según se decía, otorgaba vida eterna a quienquiera que pudiera contemplarla sin que se le encogiera el corazón. La buscó durante años con una hueste de esclavos, que lo transportaron por laberínticas catacumbas y se dejaron matar en sus trampas para que el emperador pudiera continuar con su búsqueda. Finalmente, Amumu llegó hasta un ciclópeo arco dorado, en cuya puerta sellada puso a trabajar a docenas de albañiles.

Al ver que el joven emperador entraba corriendo en la tumba, decidido a encontrar el Ojo de Angor, sus esclavos aprovecharon para sellar la puerta de piedra tras él. Algunos dicen que el niño pasó años en la oscuridad y que, empujado a la locura por la soledad, tuvo que cubrirse de la cabeza a los pies con vendas para protegerse la piel de sus propios arañazos. El poder del Ojo prolongó su vida, y pudo dedicarse a reflexionar sobre sus pasadas transgresiones, pero este don era una espada de doble filo, puesto que Amumu estaba condenado a seguir siempre solo.

Después de que una serie de devastadores terremotos destruyese los cimientos de su tumba, el emperador escapó, sin saber cuánto tiempo había pasado, pero decidido a enmendar el mal que había hecho en vida.

Otra versión lo retrata como el primer y único gobernante yordle de Shurima, quien estaba convencido de la bondad innata del corazón humano. Para demostrar a sus detractores que se equivocaban, hizo voto de pobreza hasta encontrar un amigo de verdad, seguro de que su pueblo acudiría presto a ayudar a un compatriota.

Sin embargo, a pesar de que miles de shurimanos pasaron junto al andrajoso yordle, ni uno solo se paró para ofrecerle su ayuda. La tristeza de Amumu fue en aumento hasta que, un día, murió con el corazón roto. Pero su muerte no fue el final, pues algunos aseguran que el yordle aún vaga por el desierto, en su eterna búsqueda de alguien que pueda devolverle la fe en la humanidad.

A pesar de todas sus diferencias, estas historias tienen una serie de paralelismos. Al margen de las circunstancias, Amumu siempre está condenado a existir en un estado de vacuidad, eternamente solo y sin amigos. Condenado a buscar un compañero durante toda la eternidad, su presencia está maldita y su contacto provoca la muerte. En las largas noches de invierno, cuando no se deja que se apaguen las hogueras, a veces es posible oír el llanto de la Momia Triste en el desierto, desesperada por la falta del solaz de la amistad.

Sea lo que sea lo que necesita Amumu —expiación, amistad o un sencillo acto de bondad—, hay una cosa tan segura como el viento que sopla hacia el oeste al llegar el alba: aún no lo ha encontrado.

La soledad puede ser más solitaria que la muerte. ~ Amumu

Codicia y Lágrimas

Los dioses estaban furiosos y sacudieron la tierra. El suelo se cubrió de grietas —dijo el viejo Khaldun, con el rostro anguloso iluminado por la fogata—. A una de estas fisuras se aventuró a acercarse un joven. Había una abertura allí: la entrada a una tumba, escondida desde solo el Chacal sabe cuándo. El joven tenía esposa e hijos, así que, tentado por la oportunidad, decidió entrar.

Los adultos y los niños por igual se aproximaron para oír las palabras del viejo narrador. Estaban muy cansados, pues habían viajado mucho aquella jornada sin que el sol de Shurima les hubiese dado tregua, pero los relatos de Khaldun eran siempre una delicia. Se arrebujaron en las capas para resguardarse del frío de la noche y siguieron escuchando.

—El aire de la tumba era muy fresco, lo que era una suerte, pues fuera hacía un calor abrasador. El joven encendió una antorcha, cuya luz hizo bailar sombras ante sus ojos. Avanzó con cautela, receloso de las trampas. Era pobre, pero no tonto.

»En el interior, los muros eran de suave obsidiana y estaban cubiertos de antiguas inscripciones e imágenes grabadas. No sabía leer, pues era hombre de campo, pero examinó las imágenes.

»Vio a un joven príncipe, sentado en cuclillas sobre un disco solar transportado por un grupo de esclavos y con una sonrisa radiante en el rostro. Frente a él se veían cofres llenos de monedas y tesoros, regalos de emisarios de extraño atuendo que se postraban ante él.

»Vio otros grabados en los que aparecía también el sonriente príncipe, esta vez caminando entre sus súbditos. Todos tenían la cabeza pegada al suelo. La corona del niño irradiaba unos estilizados rayos de sol.

»Frente a una de aquellas imágenes había una pequeña estatua de oro. Por sí sola, valía mucho más de lo que el joven podía llegar a ganar en varias vidas. Entonces la cogió y se la guardó en el hatillo.

»No quería perder ni un minuto. Sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que llegaran otros, por lo que esperaba estar fuera de allí cuando lo hicieran. La codicia convierte en necios incluso a los más astutos, y él sabía que esos otros no vacilarían en verter su sangre para apoderarse de la estatua dorada y las demás riquezas que seguramente encontrara más adentro. Pero la avaricia no era uno de los defectos del joven. No sentía la necesidad de continuar. Que se quedaran los demás con los otros tesoros.

»Antes de salir de la tumba miró una última imagen. Mostraba al príncipe muerto, tendido sobre un féretro. Los que estaban más cerca de él sollozaban... pero más lejos el pueblo lo festejaba. ¿Lo habían amado sus súbditos o había sido un tirano? Era imposible saberlo.

»Fue entonces cuando lo oyó: un sonido en la oscuridad que le puso la piel de gallina.

»Miró en derredor con los ojos muy abiertos y la antorcha frente a sí. Nada.

»¿Quién anda ahí?, preguntó. El silencio fue su única respuesta.

»El joven sacudió la cabeza. Es solo el viento, idiota, pensó. Nada más que el viento.

»Entonces volvió a oírlo, más nítido esta vez. En el interior de la tumba lloraba un niño.

»De haber estado en cualquier otro sitio, su instinto paternal lo habría llevado hacia el sonido. Pero ¿allí, en la oscuridad de una tumba?

»Sintió el impulso de echar a correr... pero no lo hizo. El llanto estaba tan preñado de miseria y pesar que lo conmovió.

»¿Podía ser que la tumba tuviese otra entrada? ¿Se habría metido un niño y ahora estaría allí perdido?

»Con la antorcha en alto, comenzó a avanzar. El llanto continuaba y su eco resonaba tenue en la penumbra.

»Ante sus ojos se abrió una amplia cámara de suelo negro pero pulido como el cristal. En su interior resplandecían numerosas reliquias de oro y las paredes estaban incrustadas de piedras preciosas. Con cautela, el joven penetró en ella.

»Entonces, al ver que su talón provocaba una onda que se propagaba por el suelo, retrocedió bruscamente. Agua. El suelo no estaba hecho de obsidiana reflectante, sino cubierto de agua.

»Se arrodilló y bebió un poco ayudándose con las manos. La escupió al instante. ¡Era agua salada! ¡Allí, en pleno corazón de Shurima, a miles de leguas del mar más próximo!

»En ese momento volvió a oír el llanto del niño, solo que esta vez más cerca.

»Levantó la antorcha y, en el umbral de la luz, el hombre atisbó una forma. Parecía un niño sentado de espaldas a él.

»Con paso cauteloso, penetró en la estancia. El agua que cubría el suelo no era muy profunda. Sintió que se le ponía de punta el vello de la espalda y el terror le atenazaba el pecho, pero aun así no echó a correr.

»¿Te has perdido?, preguntó mientras se le acercaba más. ¿Cómo has llegado hasta aquí?.

»La figura embozada en las sombras no se volvió... pero sí habló.

»No... No me acuerdo, dijo. El sonido flotaba suavemente a su alrededor, devuelto en forma de eco por las paredes. El niño utilizaba un dialecto antiguo. Sus palabras resultaban extrañas... aunque inteligibles. No recuerdo quién soy.

»Calma, pequeño, dijo el hombre. Todo irá bien.

»Se acercó más y entonces la figura se tornó visible. El joven abrió los ojos de par en par.

»Lo que tenía delante era la estatua de un dios tallada en ónice. Nada más. Ni el llanto ni la voz del niño procedían de allí.

»En ese momento, sintió el contacto de una mano pequeña y seca.

Entre el público, los espectadores más jóvenes, con los ojos muy abiertos, reprimieron una exhalación de asombro. Los demás niños se rieron con falsa bravuconería. El viejo Khaldun sonrió y su diente de oro resplandeció a la luz de la antorcha. Entonces continuó.

—El joven bajó la mirada. El cadáver embozado en lino del diminuto príncipe se encontraba a su lado. Una luz queda y espectral emanaba de sus cuencas oculares, a pesar de que su rostro entero estaba cubierto de mortajas. El niño exánime lo tenía cogido de la mano.

»¿Quieres ser mi amigo?, preguntó con una voz amortiguada por el lino.

»El joven retrocedió de un salto y le soltó la mano. Espantado, bajó los ojos hacia su brazo. Su mano estaba encogiéndose de manera visible, más negra y marchita a cada momento. Entonces el mal comenzó a subirle por el brazo.

»Se volvió y echó a correr. En su precipitación y su terror, se le cayó la antorcha. La llama siseó al hundirse en el lago de lágrimas y se hizo la oscuridad. Sin embargo, la luz del día aún se vislumbraba más allá. Corrió hacia ella desesperado a pesar de que, al mismo tiempo, la muerte ascendía reptando por su brazo en dirección a su corazón.

»Esperaba sentir el letal contacto del niño en cualquier momento... pero no ocurrió. Al cabo de lo que le pareció una eternidad, aunque en realidad sólo hubiera pasado el tiempo de unos pocos latidos, volvió a salir a las arenas del desierto.

»Lo siento, respondió tras él una voz pesarosa desde la oscuridad. Ha sido sin querer.

» Y así fue descubierta la tumba de Amumu —dijo el viejo Khaldun— y el niño de la muerte salió al mundo.

—¡Pero todos saben que no existe de verdad! —gritó el mayor de los niños al cabo de un momento de silencio.

—¡Amumu sí que existe! —respondió el más pequeño—. ¡Viaja por el mundo en busca de un amigo!

—Existe, pero no es un niño —dijo otro—. ¡Es un yordle!

Khaldun se echó a reír y se levantó con la ayuda de un viejo y nudoso bastón.

—Ya soy viejo y mañana tenemos un viaje muy largo —dijo—. Hace rato que tendría que estar en la cama.

El público comenzó a separarse sonriendo y cuchicheando, salvo una niña que se quedó allí. Sus ojos estaban clavados en Khaldun y no parpadeaban.

—Abuelo —dijo—. ¿Cómo perdiste el brazo?

El viejo Khaldun desvió la mirada hacia su manga vacía, cosida a la altura del hombro, antes de regalarle una sonrisa.

—Buenas noches, pequeña —dijo guiñándole un ojo.

Los dioses estaban furiosos e hicieron estremecer a la tierra. Con grietas, la desgarraron —dijo el viejo Khaldun, con el rostro curtido iluminado por la luz de la fogata—. Fue a una de esas fisuras en la que un joven se aventuró. Encontró una apertura, la entrada a una tumba, oculta por el Chacal quién sabe desde hace cuánto tiempo. El hombre tenía hijos qué alimentar y una esposa a la cual satisfacer, y, por ello, se emprendió atraído por la oportunidad.

Adultos y niños por igual se acercaron para oír las palabras del anciano cuentacuentos. Todos estaban cansados... habían viajado todo el día, y el sol de Shurima había sido implacable... pero los cuentos de Khaldun eran un raro lujo. Apretaron sus capas alrededor de sus hombros para resguardarse del frío nocturno y se inclinaron para escuchar:

El aire al interior de la tumba era frío, un verdadero alivio para el calor abrasador del exterior. El joven encendió una antorcha. Su luz hizo bailar a las sombras frente a él. Avanzó con cuidado, atento a cualquier trampa. Era pobre, pero no tonto.

Los muros del interior eran de suave obsidiana y estaban tallados con escrituras e imágenes ancestrales. No podía leerlas, porque era un hombre simple, pero había estudiado las imágenes.

'Pudo ver a un niño príncipe, sentado de piernas cruzadas sobre un disco solar y con una sonrisa en el rostro, que era transportado por un equipo de siervos. Cientos de riquezas y cofres estaban apilados frente a él. Eran las ofrendas de sometidos emisarios con raras vestimentas.

Luego vio otros tallados, también del príncipe sonriente, pero esta vez caminando entre su pueblo. Tenían las cabezas inclinadas contra el suelo. Unos elegantes rayos de luz surgían de la corona del muchacho.

Ante una de estas imágenes, había una pequeña estatua dorada. Sola valía más de lo que el joven pudiera imaginar ganar en diez vidas. El hombre la tomó y la metió en su morral.

No tenía intención de quedarse por mucho tiempo. Sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que otros llegaran a husmear el lugar. Y no quería estar allí cuando llegasen. La codicia convierte en tonto hasta al mejor de los hombres, y él sabía que los otros serían capaces de derramar su sangre por esa estatua de oro... y por las otras riquezas que de seguro había más adelante. Sin embargo, la avaricia no era uno de los defectos del joven. No veía la necesidad de seguir adentrándose. Que otros reclamaran el resto de los tesoros escondidos allí.

El joven observó una última imagen antes de salir de la tumba. Representaba al pequeño príncipe muerto, recostado en un féretro. Los más cercanos lloraban... Pero, detrás de ellos, las personas celebraban. ¿Habían amado a su príncipe, o este habría sido un tirano? No había forma de saberlo.

Y, de repente, lo escuchó: un sonido en medio de las sombras que le puso la piel de gallina.

Miró a su alrededor, con los ojos bien abiertos y la antorcha enfrente. Nada.

¿Quién anda ahí?, preguntó. Solo respondió el silencio.

El joven sacudió su cabeza. —Fue solo el viento, tonto —pensó—. Nada más que el viento.

Pero volvió a escucharlo, con más claridad esta vez. Un niño lloraba en la oscuridad, en lo profundo de la tumba.

Si lo hubiese escuchado en otra parte, su instinto paternal lo habría impulsado a seguir el sonido. ¿Pero aquí, en la oscuridad de una tumba funeraria?

Quería escapar... pero no lo hizo. El llanto conmovió su corazón. Estaba colmado de miseria y dolor.

¿Era posible que existiese otra entrada a la tumba? ¿Habría bajado este niño y se habría perdido?

Con la antorcha en alto, el joven avanzó. El llanto continuaba, que hacía eco en la penumbra.

Una cámara más amplia apareció ante él, con un suelo negro y muy reflejante. En su interior, destellaban artefactos dorados y muros ataviados de joyas. Con cuidado, entró a la habitación.

Retrocedió rápidamente cuando su talón sintió unas ondas que se extendían por el suelo. Agua. El suelo no era de obsidiana reflejante... estaba cubierto de agua.

Se arrodilló y tomó un sorbo para refrescarse. Lo escupió de inmediato. ¡Era agua salada! ¡Allí, en medio de Shurima, a miles de leguas del océano más cercano!

El joven volvió a escuchar al niño llorando, ahora más cerca.

Sostuvo la antorcha y el joven observó una silueta al filo de la luz. Parecía ser el niño, sentado de espaldas al joven.

Con cuidado, entró a la sala. El agua del suelo no era profunda. Los cabellos de su nuca se le pusieron de punta, y el terror le invadió el pecho, pero, aun así, siguió avanzando.

¿Estás perdido?, preguntó, mientras daba un paso más. ¿Cómo llegaste aquí?

La figura ensombrecida no se movió... pero sí habló.

Yo... No lo recuerdo, dijo. El sonido nadó alrededor del joven mientras hacía eco en las paredes. El niño habló en un dialecto antiguo. Sus palabras eran extrañas... pero comprensibles. No recuerdo quién soy.

Calma, niño, dijo el hombre. Todo estará bien.

Dio otro paso hacia adelante, y la figura ya se veía claramente frente a él. Abrió grandes los ojos.

Lo que había ante él era una estatua de oro tallada en ónix, y nada más que eso. No era la fuente del llanto, ni de la voz del niño.

Fue entonces, cuando una pequeña mano seca lo agarró.

El más pequeño de la audiencia soltó un grito ahogado con los ojos muy abiertos. Los otros niños rieron con una falsa carcajada. El viejo Khaldun sonrió y un diente de oro destellaba a la luz de la fogata. Luego, prosiguió.

El joven miró hacia abajo. El cadáver envuelto en lino del pequeño príncipe estaba de pie frente al hombre. Una luz tenue y fantasmal emanaba de las cavidades oculares del niño, aunque todo su rostro estaba cubierto con vendas funerarias. El niño cadáver tomó la mano del joven.

¿Serás mi amigo?, preguntó el niño con la voz tapada por las vendas.

El joven se dio un paso atrás y se liberó de la mano del niño. El joven miró su mano aterrorizado. Su mano se estaba secando; se volvía negra y marchita. El toque necrótico comenzó a avanzar por su brazo.

Dio media vuelta y huyó. Con la prisa y el terror, tiró su antorcha al suelo. Siseó mientras caía en el lago de lágrimas y la oscuridad se extendía. Aun así, lograba ver la luz del día adelante. Corrió hacia ella, se abalanzó desesperado, aunque la muerte seguía avanzando por su brazo en dirección a su corazón.

En cualquier momento, esperaba sentir la mano del niño fantasma detrás de él... pero eso no ocurrió. Después unos instantes que le parecieron una eternidad, salió abruptamente de la oscuridad hacia el calor del desierto una vez más.

Lo siento, resonó una lúgubre voz desde la penumbra a sus espaldas. “No fue mi intención.”

—Y así fue como se descubrió la tumba de Amumu —dijo el viejo Khaldun—. Y el niño fantasmal salió al mundo.

—¡Pero todos saben que no es real! —gritó uno de los niños, el más grande, luego de un momento de silencio.

—¡Amumu es real! —dijo el más pequeño. —¡Deambula por la tierra buscando a un amigo!

—Es real, pero no es un niño —dijo otro. —¡Es un yordle!

Khaldun rio, y se puso de pie con la ayuda de su nudoso bastón.

—Soy viejo, y debemos hacer un largo viaje por la mañana —dijo—. Ya es tarde y debemos dormir.

Su audiencia comenzó a dispersarse mientras sonreían y hablaban entre ellos con voces familiares... pero una niña no se movió. Miraba a Khaldun sin pestañear.

—Abuelo —dijo—. ¿Cómo perdiste tu brazo?

El viejo Khaldun miró la manga vacía amarrada a la altura de su hombro y sonrió a la niña.

—Buenas noches, pequeña —dijo mientras le guiñaba un ojo.