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Kassadin
Titulo: el Caminante del Vacío
Afiliación: Los Preservadores de Valoran
Lugar de Nacimiento: Shurima
Residencia: Runaterra
Familia: Kai'SaSquare (Hija)
Atributo Principal: Asesino
Atributo Secundario: Mago
Rewardicons rp: 790 RP
Rewardicons be: 3150 EA
Campeones Relacionados: Kai'SaSquareMalzaharSquare
Datos del Campeón
Especie: Humano (Alterado por el Vacío)
Voz Original: Adam Harrington
Doblaje Latino: René García
Doblaje Español: Roberto Cuenca Martínez
Color de Pelo: Negro (Humano)
Color de Ojos: Negros (Humano)

Amarillos

Genero: Masculino
Ocupación: Preservador del Equilibrio
Arma: Espada del vacío

1° Historia

Hay un lugar entre dimensiones, entre mundos. Para algunos es el exterior, para otros es lo desconocido. Para la mayoría, sin embargo, es el Vacío. Pese a su nombre, no se trata de un lugar vacuo, sino del hogar de cosas innombrables, horrores demasiado terribles para la mente de los hombres. Aunque este conocimiento se perdió hace mucho, hay quien de forma inadvertida descubre lo que se oculta más allá y es incapaz de escapar. Kassadin es esa criatura. Antaño era un hombre que se vio obligado a contemplar el rostro del Vacío y quedó afectado para siempre por lo que vio. Era un buscador del saber prohibido, pero descubrió que lo que tanto ansiaba tenía poco que ver con lo que imaginaba. Es uno de los pocos que ha llegado hasta la olvidada Icathia y ha vivido para contarlo, siguiendo las minúsculas pistas ocultas en textos antiguos.

Dentro de una ciudad ciclópea en decadencia, Kassadin encontró secretos que nunca compartirá; secretos que le han hecho temblar de terror ante las visiones que se le impusieron de cuanto iba a acontecer en el futuro. El poder de aquel lugar amenazó con consumirlo, pero Kassadin tomó la única ruta disponible si quería sobrevivir: dejó que el Vacío entrase en él. Milagrosamente, pudo sobreponerse a los impulsos extraños que acompañaban al Vacío y emergió como algo más que un mero humano. Aunque parte de él murió aquel día, sabe que debe proteger Valoran de los seres que arañan las puertas, entes ansiosos por entrar y desatar el tormento. Y se encuentran a un solo paso, como atestigua la aparición de la abominación conocida como Cho'Gath.

Si miras al Vacío, no podrás reponerte del todo; si miras a Kassadin, puede que no haya vuelta atrás.

Hay un lugar entre dimensiones, entre mundos. Para algunos es el exterior, para otros es lo desconocido. Para la mayoría, sin embargo, es el Vacío. Pese a su nombre, no se trata de un lugar vacuo, sino del hogar de cosas innombrables, de horrores demasiado terribles para la mente de los hombres. Aunque este conocimiento se perdió hace mucho, hay quien de forma inadvertida descubre lo que se oculta más allá y es incapaz de escapar. Kassadin es esa criatura. Antaño era un hombre que se vio obligado a contemplar el rostro del Vacío y quedó afectado para siempre por lo que vio. Era un buscador del saber prohibido, pero descubrió que lo que tanto ansiaba tenía poco que ver con lo que imaginaba. Es uno de los pocos que ha llegado hasta la olvidada Icathia y ha vivido para contarlo, siguiendo las minúsculas pistas ocultas en textos antiguos.

Dentro de una ciudad ciclópea en decadencia, Kassadin encontró secretos que nunca compartirá; secretos que le han hecho temblar de terror ante las visiones que se le impusieron de cuanto iba a acontecer en el futuro. El poder de aquel lugar amenazó con consumirlo, pero Kassadin tomó la única ruta disponible si quería sobrevivir: dejó que el Vacío entrase en él. Milagrosamente, pudo sobreponerse a los impulsos extraños que acompañaban al Vacío y emergió como algo más que un mero humano. Aunque parte de él murió aquel día, sabe que debe proteger Valoran de los seres que arañan las puertas, entes ansiosos por entrar y desatar el tormento. Y se encuentran a un solo paso, como atestigua la aparición de la abominación conocida como Cho'Gath.

Si miras al Vacío, no podrás reponerte del todo; si miras a Kassadin, puede que no haya vuelta atrás.

Biografía

Kassadin comenzó su vida desterrado y en un situación precaria. Recorría las duras arenas del gran Sai junto a las caravanas mercantes para alejar a los depredadores de sus bienes más valiosos. Sobrevivió a muchas de estas travesías por el desierto y comenzó a servir menos como cebo y más como guía.

Los extranjeros que buscaban sus talentos trataban de chapurrear "Kas sai a dyn?" en el idioma de Shurima, "¿Quién conoce el desierto?". Así fue como pasó a ser conocido cariñosamente como Kassadin en los callejones y mercados de Bel'zhun. Pasó muchos años explorando las antiguas ruinas de su tierra natal, haciendo extremadamente ricos a sus empleadores, pero no sería hasta su llegada a una excavación cerca de Zirima que encontraría un tesoro propio: el amor por una mujer de una tribu del desierto.

Junto a su esposa y su hija recién nacida, Kassadin se estableció en un pequeño pueblo en los barrancos rocosos del sur. Solía estar de viaje; su trabajo a veces requería llevar reliquias particularmente valiosas a algún mecenas lejano. No obstante, sin importar adónde lo llevaran sus viajes, Kassadin siempre regresaba con historias emocionantes del mundo exterior.

En una ocasión en la que se encontraban viajaba a casa desde la lejana Piltover, Kassadin y sus compañeros caravaneros se pararon a dar de beber a sus bestias en un oasis cuando se encontraron con los primeros aterrorizados supervivientes que aparecían por el desierto. Hablaron del desastre que había acabado con sus hogares, como si las fauces del inframundo se hubieran abierto para devorarlos. Apenas habían escapado con vida.

Temiendo por la seguridad de su propia familia, Kassadin dejó a los demás atrás y cabalgó sin pausa pese al agotamiento de su montura. Cuando finalmente llegó al lugar donde una vez estuvo su aldea, solo encontró arenas movedizas y edificios devastados. Escarbó entre los escombros hasta que le sangraron las manos, gritando los nombres de su esposa y su hija, pero no recibió respuesta. Días después, los compañeros de Kassadin lo alcanzaron. Ahora solo era un hombre roto y vacío llorando bajo el sol abrasador.

Lo arrastraron de vuelta a Zirima, pero Kassadin se negó a seguir avanzando. Durante años, trató de ahogar su dolor, reducido a poco más que un vagabundo, hasta que le llegaron rumores sobre "el Profeta".

Los susurros de los horrores indescriptibles que habitaban bajo la tierra y los sacrificios hechos en su nombre hicieron temblar a Kassadin. Conocía bien las leyendas de la antigua Icathia y el destino que corría ese lugar maldito: si el Vacío había vuelto a ser atraído hacia Shurima de forma deliberada, entonces es probable que fuera lo que destruyó toda su aldea e innumerables más. También sabía que pocos podrían soportarlo, si es que había alguno capaz de hacerlo.

En ese momento, Kassadin juró que destruiría a este insidioso Profeta y la fuente de su poder abisal para vengar a su esposa e hija. Era un hombre que se había ganado la vida encontrando caminos seguros a través de los lugares más peligrosos, así que decidió equiparse con las armas más arcanas y esotéricas jamás conocidas en Valoran, fusionadas con el ingenio zaunita y bendecidas por curanderos jonios. Echó mano de todos sus contactos, desde estudiosos de antigüedades hasta contrabandistas comunes, para que lo ayudaran a... adquirir lo que buscaba. Muchos lo llamaban loco, creyendo que era la última vez que verían a su viejo amigo con vida. Kassadin se limitó a darles las gracias por preocuparse y se despidió de ellos. Se enfrentaría al Vacío él solo.

Por último, robó la infame Cuchilla infernal de Horok, la espada que había matado a miles de impostores en los últimos días del imperio. Podía sentir las frías fuerzas del olvido en su filo, pero ya no sentía ningún respeto por su propia mortalidad y no le quedaba nada que perder de su antigua vida.

Disfrazado con las túnicas de un peregrino, Kassadin se dirigió a Icathia tras más de una década desde la última vez que había estado cerca de esa tierra desolada. Iría a donde ningún hombre debía ir jamás.

Se cobraría su venganza, incluso si eso lo mataba.

Kassadin comenzó su vida como un humilde desplazado, atravesando las inhóspitas arenas del Gran Sai junto con caravanas mercantiles para alejar a los depredadores de sus bienes más valiosos. Tras sobrevivir varias de estas caminatas a través del desierto, sirvió menos como una carnada y más como un guía.

Las lenguas extranjeras que solicitaron sus talentos, Kas sai a dyn? o ¿a quién conoce el desierto? solían hablar con dificultad su shurimano, por lo que terminó siendo conocido cariñosamente en los callejones y mercados de Bel'zhun como Kassadin. Pasó varios años explorando las antiguas ruinas de su tierra, volviendo a sus empleadores excesivamente ricos, pero no fue sino hasta una excavación cercana a Zirima que encontró un tesoro propio: se enamoró de una mujer perteneciente a una de las tribus del desierto.

Junto con su esposa y su hija recién nacida, Kassadin se asentó en una pequeña aldea en los rocosos cañones del sur. Solía viajar mucho; a veces su trabajo requería que viajara acompañando algunas reliquias particularmente valiosas para algún patrocinador lejano. Sin importar adónde lo llevaran sus viajes, Kassadin siempre regresaba con emocionantes historias del resto del mundo.

En un viaje rumbo a casa desde la lejana Piltóver, Kassadin y sus compañeros de caravana le estaban dando agua a sus bestias en un oasis cuando se encontraron con los primeros sobrevivientes horrorizados, tambaleándose en el desierto. Hablaron sobre el desastre que había reclamado sus hogares, como si las fauces del inframundo se hubieran abierto para devorarlos. Apenas habían logrado escapar con vida.

Preocupado por la seguridad de su familia, Kassadin se adelantó velozmente, galopando sobre su montura casi hasta el agotamiento. Cuando por fin llegó al sitio en el que solía estar su aldea, solo encontró arena movediza y escombros. Se abrió camino con las manos hasta que estas sangraron, gritó los nombres de su esposa e hija, pero no hubo respuesta. Días después, los compañeros de Kassadin lo alcanzaron. Ahora era solo un hombre roto y vacío, llorando debajo del sol abrasador.

Lo arrastraron de vuelta a Zirima, pero Kassadin no iría más allá. Por años trató de ahogar su pena, era casi un vagabundo... hasta que escuchó hablar acerca de el Profeta.

Los susurros de horrores inefables que moraban debajo de la tierra, así como de los sacrificios realizados en su nombre le dieron escalofríos a Kassadin. Él conocía bien las leyendas de la antigua Icathia, así como el destino acaecido sobre ese lugar maldito. Si el Vacío había sido llevado de manera deliberada hacia Shurima una vez más, entonces era probable que esto hubiera representado la muerte de su aldea entera, así como de otras tantas más. También sabía que había pocos, si es que los había, que podían enfrentarse contra él.

En ese momento, Kassadin juró que vengaría a su esposa y a su hija, destruyendo al insidioso Profeta, junto con la fuente de su poder abismal. Él era un hombre que se ganaba la vida encontrando caminos seguros en los lugares más peligrosos, por lo que había resuelto equiparse con las armas más misteriosas y esotéricas de Valoran, fusionadas con el ingenio ingenuidad de Zaun y bendecidas por los curanderos espirituales de Jonia. Pidió todos los favores que pudo, desde especialistas en antigüedades hasta contrabandistas comunes, solicitando su ayuda para... adquirir lo que buscaba. Muchos lo llamaron loco y creyeron que sería la última vez que verían a su amigo con vida. Kassadin les agradeció sus preocupaciones y se despidió. Enfrentaría al Vacío solo.

Por último, robó la infame Cuchilla Infernal de Horok, la espada que había degollado a miles de impostores en los últimos días del imperio. Podía sentir el tirón frío del olvido en su filo, pero ya no le importaba su propia mortalidad, y nada quedaba de su antigua vida que pudiera perder.

Vistiendo las ropas de un peregrino, poco más de una década después de la última vez en que visitó esa tierra desolada, Kassadin emprendió su camino hacia Icathia. Iría hacia donde ningún hombre tendría por qué caminar.

Obtendría su venganza, incluso si eso implicaba su muerte.